Color: casa de apuestas

Comisariado

Texto curatorial para la exposición Color: casa de apuestas de la artista Lara Ruiz en Ora Labora Studio, Salamanca, del 13 de marzo al 17 de abril de 2020.


Los juegos de azar no son, ni mucho menos, una práctica exclusiva de nuestro tiempo, sino que son tan remotos como la propia civilización. O incluso más. Los dados más antiguos que se conservan fueron tallados por un habitante del Egipto predinástico, con los que jugaban al senet, heredero de otros juegos precursores del actual backgammon, que se practicaban a lo largo y ancho del Creciente Fértil, posiblemente, desde tiempos de los primeros grupos humanos. Porque el juego siempre ha sido una pieza indispensable del puzle que conforma y da sentido a nuestra existencia. A través de él desarrollamos habilidades, enriquecemos nuestras relaciones sociales y, lo más importante, nos convierte en personas más felices. Es durante la infancia y la adolescencia cuando el juego adquiere un papel primordial, a medio camino entre la pura fantasía y el aprendizaje, para pasar a ocupar un segundo plano en la edad adulta, momento en el que lo solemos vincular a un ocio de evasión capaz de alejarnos, por un rato, de las responsabilidades y preocupaciones propias de esta etapa, y en el que, a veces, damos cita al azar como invitado especial.

Sin embargo, donde entra el azar, también lo hace el riesgo, siempre provisto de un potente chute de adrenalina que impregna de una estimulante sensación de euforia a todo aquel que se lo inyecta. Y, ¿qué hay más emocionante que jugar por una extraordinaria recompensa económica en un mundo donde la mayoría de sus habitantes sufre una crisis endémica y el dinero se anuncia como la salvación a todos los males? En España, la práctica de juegos de azar está profundamente integrada en los hábitos y costumbres de millones de personas. Según una encuesta realizada por el Consejo Empresarial del Juego, en 2019 un 84,8% de los españoles participó, en algún momento, en juegos de azar, siendo, con diferencia, los más populares los llamados juegos de ilusión: la lotería de Navidad y el Niño. Si bien el hecho de participar en estos juegos podría ser perfectamente cuestionable –no es casualidad que hayan sido apodados como “el impuesto de los pobres” o “de los tontos”–, lo cierto es que, en la mayoría de los casos, el acto de jugar aparece de un modo puntual y racionalizado donde lo habitual es asumir que casi nunca se gana y casi siempre se pierde.

Esta es, precisamente, la idea que hay detrás de las caóticas combinaciones de color que dan vida a la serie de 10 serigrafías creadas por la artista Lara Ruiz y que han sido recogidas bajo la exposición Color: casa de apuestas en Ora Labora Studio. Todas ellas son producto del azar, de modo que, en alguna ocasión, se han conseguido gamas tonales armónicas, mientras que, en otras, el resultado no ha sido el esperado. Se trata, exactamente, de lo mismo que sucede cuando nos aventuramos a participar en juegos de azar: pocas veces se gana y la mayoría se pierde. Para trazar dichas combinaciones, Lara Ruiz ha ideado un juego de dados con sus alumnos de Educación Plástica de 4º E.S.O. en el que los números obtenidos de las tiradas, vinculados a seis códigos QR seleccionados por la artista, y el color de los cubiletes, elegidos aleatoriamente por cada estudiante, han determinado las tintas y las formas que, posteriormente, se serigrafiarían en cada pieza.

El hecho de que sus alumnos hayan sido los protagonistas de este juego, recogido en vídeo para su exhibición dentro de la muestra, no es casual. Con ello, Lara Ruiz pretende poner en cuestión la oferta de ocio cultural dirigida a los más jóvenes ante la imparable apertura de locales destinados a las apuestas que se alimentan de un público cuyo rango de edad está comprendido entre los 15 y los 35 años. Y es que el perfil del adicto al juego ha cambiado radicalmente en la última década, pasando de un hombre adulto de mediana edad, casado, con hijos y enganchado a las tragaperras, a jóvenes que no sobrepasan la treintena, desempleados y con poca perspectiva de futuro. Según un estudio realizado por la Dirección General de Ordenación del Juego en 2015, la edad media de inicio en el juego patológico se sitúa en los 19 años. Asimismo, el 14,6% de los encuestados reconoció haber empezado a jugar antes de alcanzar la mayoría de edad, lo que indica que uno de los principales grupos de riesgo se encuentra en las edades más tempranas.

El anonimato y el fácil acceso que las plataformas de juegos online ofrecen a los menores, ligado a las salvajes estrategias de publicidad lanzadas por el sector del juego a través de medios de comunicación y redes sociales –recuerdo un anuncio de PokerStars cuyo protagonista era presentado como un exitoso “estudiante y DJ”–, sólo contribuyen a agravar el problema. Además, la cada vez mayor identificación del fútbol con las casas de apuestas ha supuesto un factor de riesgo añadido para este colectivo, cuya afición al deporte rey lo hace aún más vulnerable. Es más, los propios jugadores de famosos equipos de primera división, héroes de buena parte de esta generación, lucen en sus camisetas las insignias de las principales casas de apuestas deportivas –Kirol Bet patrocina al Osasuna, Bet Fred al Mallorca, Marathon Bet al Sevilla o Luckia al Celta de Vigo–, que, al mismo tiempo, no paran de abrir nuevos locales en los barrios más desfavorecidos de las ciudades, cuyo paisaje contrasta fuertemente con la realidad de lujos y excesos que los jóvenes maman a diario a través de las omnipresentes pantallas.

Por tanto, si bien aspirar a una práctica del juego responsable es tarea de toda la sociedad, son los organismos encargados de regular el sector los que han de velar por la aplicación de mecanismos más efectivos de protección, no sólo para los menores, sino para toda la población en riesgo de caer en esta terrible enfermedad capaz de arruinar vidas enteras.

 

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