Las chuches

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Texto curatorial para la exposición Las chuches de la artista Mabel Esteban en Ora Labora Studio, Salamanca, del 26 de octubre al 14 de diciembre de 2019.

Que las apariencias engañan es algo de sobra sabido por todos. Ya sea por error o prejuicio, a veces nos encontramos ante realidades que, a primera vista, se muestran de un modo concreto, pero que, una vez examinadas o experimentadas con mayor detenimiento o frecuencia, resultan ser radicalmente opuestas a cómo se presentaron en un principio. Porque, aunque las cosas no siempre sean lo que aparentan ser, el mundo que hemos construido se manifiesta y dialoga a través de las apariencias. Éstas, encarnadas en clichés, eufemismos y códigos de conducta, se encargan de ordenar y simplificar nuestro complejo sistema de relaciones sociales, enmascarando todo aquello que haya sido tildado de malo o negativo.

Su principal vía de difusión son los medios audiovisuales, cuya hegemonía ha acarreado la configuración de todo un lenguaje visual que, a través del cine, la publicidad o la televisión, ha logrado incrustarse en lo más hondo de nuestra conciencia. Estos imbatibles fundadores de apariencias nos bombardean constantemente con imágenes cargadas de connotaciones morales y estéticas capaces de asignar la etiqueta de bello, bueno o correcto. Por el contrario, todo aquello que no cumpla con ese canon resultará extraño, ofensivo y desagradable. 

Pero también el uso que se hace del lenguaje oral y escrito resulta fundamental en la creación, difusión y perpetuación de apariencias. El reiterado empleo del recurso eufemístico y la generalización de lo políticamente correcto han devenido en una ocultación sistemática de esa realidad tachada de mala, fea o negativa. Y es que un uso minucioso del lenguaje puede llegar a modelar un mensaje de tal manera que siempre sea interpretado en clave positiva. Así, dentro del ámbito económico es sencillo toparse con expresiones como redimensión empresarial para informar sobre despidos masivos o flexibilidad laboral para designar precariedad en el empleo. Del mismo modo, en reportajes sobre conflictos bélicos leeremos daños colaterales en vez de víctimas civiles o escucharemos segundas visitas en lugar de nuevos bombardeos. 

Una reflexión sobre este mundo de apariencias subyace tras la serie de cuatro serigrafías creadas por la artista Mabel Esteban para la exposición Las chuches.  La muestra está protagonizada por un grupo de personajes femeninos de rasgos aniñados y atuendos infantiles, que vienen acompañadas de un séquito formado por alegres gominolas y caramelos. Rápidamente, llama la atención el fuerte contraste entre esa inocencia aparente, reforzada por las tonalidades pastel de las obras, y la perturbadora expresión de sus rostros, maquillados con sangre que brota de nariz, ojos y boca. Es esa contraposición violenta entre unas apariencias vinculadas a valores positivos con aquella otra dimensión más desagradable, a menudo escondida detrás de palabras y caras bonitas, lo que despierta una cierta sorpresa e inquietud al contemplar esta serie de retratos. La sangre introduce ruido dentro de los códigos habituales de comunicación, para los que no existe una relación posible entre el tierno aspecto de las retratadas y la oscuridad de su gesto.

Y es que entre las influencias de Mabel Esteban se encuentran una serie de creadores que también juegan con esa indefinición de lo bueno y lo malo. Una de ellas son las películas de animación japonesas del famoso estudio Ghibli, igualmente protagonizadas, de manera general, por personajes femeninos de corta edad que, a pesar de su juventud y candidez, presentan una enorme complejidad psicológica que no se corresponde, en absoluto, con su aspecto exterior. Son películas de una gran fuerza ética en las que se hace referencia a realidades ambiguas, donde la indeterminación moral se presenta como un fiel reflejo de la propia sociedad y naturaleza humanas. También la obra de artistas visuales contemporáneos como Zoe Hawk, quien, a través de perturbadoras escenas costumbristas pobladas de jóvenes colegialas, muestra ese mundo bipolar que caracteriza a la adolescencia, se encuentran en la lista de referencias de Mabel Esteban.

Con todo esto en mente, y volviendo la vista hacia la cultura popular, uno puede acordarse de Poppy, la siniestra Youtuber que, al igual que las protagonistas de Las chuches, confronta la oscuridad de su discurso con una caracterización dulce e inocente, siempre envuelta en colores pastel. Pero también de populares series de dibujos como Happy Tree Friends o de célebres obras cinematográficas como Funny Games o La cinta blanca, ambas de Michael Haneke, donde el director austríaco analiza la cuestión de la doble moral en un mundo cegado por convenciones sociales y buenos modales que, a menudo, olvida preguntarse por el sentido de los mismos.

En definitiva, Las Chuches de Mabel Esteban nos invitan a observar un diálogo de contrarios entre dos realidades opuestas que, aquí, se diluyen en una sola para recordarnos que siempre que la una exista, la otra también lo hará.